Harry Potter y el prisionero de Azkaban...............

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Capitulo 1 "Lechuzas Mensajeras"

Mensaje por Miss Potter el Miér Ene 20, 2010 6:35 pm

1

Lechuzas mensajeras


Harry Potter era, en muchos sentidos, un muchacho diferen¬te. Por un lado, las vacaciones de verano le gustaban menos que cualquier otra época del año; y por otro, deseaba de ver¬dad hacer los deberes, pero tenía que hacerlos a escondidas, muy entrada la noche. Y además, Harry Potter era un mago.
Era casi medianoche y estaba tumbado en la cama, boca abajo, tapado con las mantas hasta la cabeza, como en una tienda de campaña. En una mano tenía la linterna y, abier¬to sobre la almohada, había un libro grande, encuadernado en piel (Historia de la Magia, de Adalbert Waffling). Harry recorría la página con la punta de su pluma de águila, con el entrecejo fruncido, buscando algo que le sirviera para su re¬dacción sobre «La inutilidad de la quema de brujas en el si¬glo XIV».
La pluma se detuvo en la parte superior de un párrafo que podía serle útil. Harry se subió las gafas redondas, acer¬có la linterna al libro y leyó:

En la Edad Media, los no magos (comúnmente de¬nominados muggles) sentían hacia la magia un es¬pecial temor, pero no eran muy duchos en reconocer¬la. En las raras ocasiones en que capturaban a un auténtico brujo o bruja, la quema carecía en absolu¬to de efecto. La bruja o el brujo realizaba un sencillo encantamiento para enfriar las llamas y luego fingía que se retorcía de dolor mientras disfrutaba del suave cosquilleo. A Wendelin la Hechicera le gustaba tanto ser quemada que se dejó capturar no menos de cuarenta y siete veces con distintos aspectos.

Harry se puso la pluma entre los dientes y buscó bajo la almohada el tintero y un rollo de pergamino. Lentamente y con mucho cuidado, destapó el tintero, mojó la pluma y co¬menzó a escribir, deteniéndose a escuchar de vez en cuando, porque si alguno de los Dursley, al pasar hacia el baño, oía el rasgar de la pluma, lo más probable era que lo encerraran bajo llave hasta el final del verano en el armario que había debajo de las escaleras.
La familia Dursley, que vivía en el número 4 de Privet Drive, era el motivo de que Harry no pudiera tener nunca vacaciones de verano. Tío Vernon, tía Petunia y su hijo Dud¬ley eran los únicos parientes vivos que tenía Harry. Eran muggles, y su actitud hacia la magia era muy medieval. En casa de los Dursley nunca se mencionaba a los difuntos pa¬dres de Harry; que habían sido brujos. Durante años, tía Pe¬tunia y tío Vernon habían albergado la esperanza de extir¬par lo que Harry tenía de mago, teniéndolo bien sujeto. Les irritaba no haberlo logrado y vivían con el temor de que al¬guien pudiera descubrir que Harry había pasado la mayor parte de los últimos dos años en el Colegio Hogwarts de Ma¬gia y Hechicería. Lo único que podían hacer los Dursley aquellos días era guardar bajo llave los libros de hechizos, la varita mágica, el caldero y la escoba al inicio de las vacacio¬nes de verano, y prohibirle que hablara con los vecinos.
Para Harry había representado un grave problema que le quitaran los libros, porque los profesores de Hogwarts le habían puesto muchos deberes para el verano. Uno de los trabajos menos agradables, sobre pociones para encoger; era para el profesor menos estimado por Harry, Snape, que es¬taría encantado de tener una excusa para castigar a Harry durante un mes. Así que, durante la primera semana de vaca¬ciones, Harry aprovechó la oportunidad: mientras tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban en el jardín admirando el nue¬vo coche de la empresa de tío Vernon (en voz muy alta, para que el vecindario se enterara), Harry fue a la planta baja, forzó la cerradura del armario de debajo de las escaleras, co¬gió algunos libros y los escondió en su habitación. Mientras no dejara manchas de tinta en las sábanas, los Dursley no tendrían por qué enterarse de que aprovechaba las noches para estudiar magia.
Harry no quería problemas con sus tíos y menos en aque¬llos momentos, porque estaban enfadados con él, y todo por¬que cuando llevaba una semana de vacaciones había recibido una llamada telefónica de un compañero mago.
Ron Weasley, que era uno de los mejores amigos que Harry tenía en Hogwarts, procedía de una familia de magos. Esto significaba que sabía muchas cosas que Harry ignora¬ba, pero nunca había utilizado el teléfono.
Por desgracia, fue tío Vernon quien respondió:
—¿Diga?
Harry, que estaba en ese momento en la habitación, se quedó de piedra al oír que era Ron quien respondía.
—¿HOLA? ¿HOLA? ¿ME OYE? ¡QUISIERA HABLAR CON HA¬RRY POTTER!
Ron daba tales gritos que tío Vernon dio un salto y alejó el teléfono de su oído por lo menos medio metro, mirándolo con furia y sorpresa.
—¿QUIÉN ES? —voceó en dirección al auricular—. ¿QUIÉN ES?
—¡RON WEASLEY! —gritó Ron a su vez, como si el tío Vernon y él estuvieran comunicándose desde los extremos de un campo de fútbol—. SOY UN AMIGO DE HARRY, DEL CO¬LEGIO.
Los minúsculos ojos de tío Vernon se volvieron hacia Harry; que estaba inmovilizado.
—¡AQUÍ NO VIVE NINGÚN HARRY POTTER! —gritó tío Vernon, manteniendo el brazo estirado, como si temiera que el teléfono pudiera estallar—. ¡NO SÉ DE QUÉ COLEGIO ME HABLA! ¡NO VUELVA A LLAMAR AQUÍ! ¡NO SE ACERQUE A MI FAMILIA!
Colgó el teléfono como quien se desprende de una araña venenosa.
La bronca que siguió fue una de las peores que le habían echado.
—¡CÓMO TE ATREVES A DARLE ESTE NÚMERO A GENTE COMO... COMO TÚ! —le gritó tío Vernon, salpicándolo de saliva.
Ron, obviamente, comprendió que había puesto a Ha¬rry en un apuro, porque no volvió a llamar. La mejor amiga de Harry en Hogwarts, Hermione Granger, tampoco lo lla¬mó. Harry se imaginaba que Ron le había dicho a Hermione que no lo llamara, lo cual era una pena, porque los padres de Hermione, la bruja más inteligente de la clase de Harry, eran muggles, y ella sabía muy bien cómo utilizar el teléfono, y probablemente habría tenido tacto suficiente para no reve¬lar que estudiaba en Hogwarts.
De manera que Harry había permanecido cinco largas semanas sin tener noticia de sus amigos magos, y aquel ve¬rano estaba resultando casi tan desagradable como el anterior. Sólo había una pequeña mejora: después de jurar que no la usaría para enviar mensajes a ninguno de sus amigos, a Harry le habían permitido sacar de la jaula por las noches a su lechuza Hedwig. Tío Vernon había transigido debido al escándalo que armaba Hedwig cuando permanecía todo el tiempo encerrada.
Harry terminó de escribir sobre Wendelin la Hechicera e hizo una pausa para volver a escuchar. Sólo los ronquidos lejanos y ruidosos de su enorme primo Dudley rompían el si¬lencio de la casa. Debía de ser muy tarde. A Harry le picaban los ojos de cansancio. Sería mejor terminar la redacción la noche siguiente...
Tapó el tintero, sacó una funda de almohada de debajo de la cama, metió dentro la linterna, la Historia de la Magia, la redacción, la pluma y el tintero, se levantó y lo escondió todo debajo de la cama, bajo una tabla del entarimado que es¬taba suelta. Se puso de pie, se estiró y miró la hora en la esfe¬ra luminosa del despertador de la mesilla de noche.
Era la una de la mañana. Harry se sobresaltó: hacía una hora que había cumplido trece años y no se había dado cuenta.
Harry aún era un muchacho diferente en otro aspecto: en el escaso entusiasmo con que aguardaba sus cumpleaños. Nunca había recibido una tarjeta de felicitación. Los Durs¬ley habían pasado por alto sus dos últimos cumpleaños y no tenía ningún motivo para suponer que fueran a acordarse del siguiente.
Harry atravesó a oscuras la habitación, pasando junto a la gran jaula vacía de Hedwig, y llegó hasta la ventana, que estaba abierta. Se apoyó en el alféizar y notó con agrado en la cara, después del largo rato pasado bajo las mantas, el frescor de la noche. Hacía dos noches que Hedwig se había ido. Harry no estaba preocupado por ella (en otras ocasiones se había ausentado durante períodos equivalentes), pero es¬peraba que no tardara en volver. Era el único ser vivo en aquella casa que no se asustaba al verlo.
Aunque Harry seguía siendo demasiado pequeño y es¬mirriado para su edad, había crecido varios centímetros du¬rante el último año. Sin embargo, su cabello negro azabache seguía como siempre: sin dejarse peinar. No importaba lo que hiciera con él, el pelo no se sometía. Tras las gafas tenía unos ojos verdes brillantes, y sobre la frente, claramente vi¬sible entre el pelo, una cicatriz alargada en forma de rayo.
Aquella cicatriz era la más extraordinaria de todas las características inusuales de Harry. No era, como le habían hecho creer los Dursley durante diez años, una huella del ac¬cidente de automóvil que había acabado con la vida de los pa¬dres de Harry, porque Lily y James Potter no habían muerto en un accidente de tráfico, sino asesinados. Asesinados por el mago tenebroso más temido de los últimos cien años: lord Voldemort. Harry había sobrevivido a aquel ataque sin otra secuela que la cicatriz de la frente cuando el hechizo de Vol¬demort, en vez de matarlo, había rebotado contra su agresor. Medio muerto, Voldemort había huido...
Pero Harry había tenido que vérselas con él desde el mo¬mento en que llegó a Hogwarts. Al recordar junto a la venta¬na su último encuentro, Harry pensó que si había cumplido los trece años era porque tenía mucha suerte.
Miró el cielo estrellado, por si veía a Hedwig, que quizá regresara con un ratón muerto en el pico, esperando sus elo¬gios. Harry miraba distraído por encima de los tejados y pa¬saron algunos segundos hasta que comprendió lo que veía.
Perfilada contra la luna dorada y creciendo a cada ins¬tante se veía una figura de forma extrañamente irregular que se dirigía hacia Harry batiendo las alas. Se quedó quieto viéndola descender. Durante una fracción de segundo, Harry no supo, con la mano en la falleba, si cerrar la ventana de golpe. Pero entonces la extraña criatura revoloteó sobre una farola de Privet Drive, y Harry, dándose cuenta de lo que era, se hizo a un lado.
Tres lechuzas penetraron por la ventana, dos sostenien¬do a otra que parecía inconsciente. Aterrizaron suavemente sobre la cama de Harry, y la lechuza que iba en medio, y que era grande y gris, cayó y quedó allí inmóvil. Llevaba un pa¬quete atado a las patas.
Harry reconoció enseguida a la lechuza inconsciente. Se llamaba Errol y pertenecía a la familia Weasley Harry se lan¬zó inmediatamente sobre la cama, desató los cordeles de las patas de Errol, cogió el paquete y depositó a Errol en la jaula de Hedwig. Errol abrió un ojo empañado, ululó débilmente en señal de agradecimiento y comenzó a beber agua a tragos.
Harry volvió al lugar en que descansaban las otras le¬chuzas. Una de ellas (una hembra grande y blanca como la nieve) era su propia Hedwig. También llevaba un paquete y parecía muy satisfecha de sí misma. Dio a Harry un picotazo cariñoso cuando le quitó la carga, y luego atravesó la habita¬ción volando para reunirse con Errol. Harry no reconoció a la tercera lechuza, que era muy bonita y de color pardo roji¬zo, pero supo enseguida de dónde venía, porque además del correspondiente paquete portaba un mensaje con el emble¬ma de Hogwarts. Cuando Harry le cogió la carta a esta lechu¬za, ella erizó las plumas orgullosamente, estiró las alas y em¬prendió el vuelo atravesando la ventana e internándose en la noche.
Harry se sentó en la cama, cogió el paquete de Errol, rasgó el papel marrón y descubrió un regalo envuelto en pa¬pel dorado y la primera tarjeta de cumpleaños de su vida. Abrió el sobre con dedos ligeramente temblorosos. Cayeron dos trozos de papel: una carta y un recorte de periódico.
Supo que el recorte de periódico pertenecía al diario del mundo mágico El Profeta porque la gente de la fotografía en blanco y negro se movía. Harry recogió el recorte, lo alisó y leyó:

FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE MAGIA
RECIBE EL GRAN PREMIO

Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles, ha ganado el gran premio anual Galleon Draw que entrega el diario El Profeta.
El señor Weasley, radiante de alegría, declaró a El Profeta: «Gastaremos el dinero en unas vacacio¬nes estivales en Egipto, donde trabaja Bill, nuestro hijo mayor, deshaciendo hechizos para el banco mágico Gringotts.»
La familia Weasley pasará un mes en Egipto, y regresará para el comienzo del nuevo curso escolar de Hogwarts, donde estudian actualmente cinco hijos del matrimonio Weasley.

Observó la fotografía en movimiento, y una sonrisa se le dibujó en la cara al ver a los nueve Weasley ante una enorme pirámide, saludándolo con la mano. La pequeña y rechoncha señora Weasley, el alto y calvo señor Weasley, los seis hijos y la hija tenían (aunque la fotografía en blanco y negro no lo mostrara) el pelo de un rojo intenso. Justo en el centro de la foto aparecía Ron, alto y larguirucho, con su rata Scabbers sobre el hombro y con el brazo alrededor de Ginny, su herma¬na pequeña.
Harry no sabía de nadie que mereciera un premio más que los Weasley, que eran muy buenos y pobres de solemni¬dad. Cogió la carta de Ron y la desdobló.

Querido Harry:
¡Feliz cumpleaños!
Siento mucho lo de la llamada de teléfono. Espe¬ro que los muggles no te dieran un mal rato. Se lo he dicho a mi padre y él opina que no debería haber gritado.
Egipto es estupendo. Bill nos ha llevado a ver to¬das las tumbas, y no te creerías las maldiciones que los antiguos brujos egipcios ponían en ellas. Mi ma¬dre no dejó que Ginny entrara en la última. Estaba llena de esqueletos mutantes de muggles que ha¬bían profanado la tumba y tenían varias cabezas y cosas así.
Cuando mi padre ganó el premio de El Profeta no me lo podía creer. ¡Setecientos galeones! La mayor parte se nos ha ido en estas vacaciones, pero me van a comprar otra varita mágica para el próximo curso.

Harry recordaba muy bien cómo se le había roto a Ron su vieja varita mágica. Fue cuando el coche en que los dos habían ido volando a Hogwarts chocó contra un árbol del parque del colegio.

Regresaremos más o menos una semana antes de que comience el curso. Iremos a Londres a comprar la varita mágica y los nuevos libros. ¿Podríamos ver¬nos allí?
¡No dejes que los muggles te depriman!
Intenta venir a Londres.
Ron

Posdata: Percy ha ganado el Premio Anual. Recibió la notificación la semana pasada.

Harry volvió a mirar la foto. Percy, que estaba en el sép¬timo y último curso de Hogwarts, parecía especialmente or¬gulloso. Se había colocado la medalla del Premio Anual en el fez que llevaba graciosamente sobre su pelo repeinado. Las gafas de montura de asta reflejaban el sol egipcio.
Luego Harry cogió el regalo y lo desenvolvió. Parecía una diminuta peonza de cristal. Debajo había otra nota de
Ron:

Harry:
Esto es un chivatoscopio de bolsillo. Si hay al¬guien cerca que no sea de fiar, en teoría tiene que dar vueltas y encenderse. Bill dice que no es más que una engañifa para turistas magos, y que no funciona, por¬que la noche pasada estuvo toda la cena sin parar. Claro que él no sabía que Fred y George le habían echado escarabajos en la sopa.
Hasta pronto,
Ron

Harry puso el chivatoscopio de bolsillo sobre la mesita de noche, donde permaneció inmóvil, en equilibrio sobre la punta, reflejando las manecillas luminosas del reloj. Lo con¬templó durante unos segundos, satisfecho, y luego cogió el paquete que había llevado Hedwig.
También contenía un regalo envuelto en papel, una tar¬jeta y una carta, esta vez de Hermione:

Querido Harry:
Ron me escribió y me contó lo de su conversa¬ción telefónica con tu tío Vernon. Espero que estés bien.
En estos momentos estoy en Francia de vacacio¬nes y no sabía cómo enviarte esto (¿y si lo abrían en la aduana?), ¡pero entonces apareció Hedwig! Creo que quería asegurarse de que, para variar, recibías un regalo de cumpleaños. El regalo te lo he compra¬do por catálogo vía lechuza. Había un anuncio en El Profeta (me he suscrito, hay que estar al tanto de lo que ocurre en el mundo mágico). ¿Has visto la foto que salió de Ron y su familia hace una semana? Apuesto a que está aprendiendo montones de cosas, me muero de envidia... los brujos del antiguo Egipto eran fascinantes.
Aquí también tienen un interesante pasado en cuestión de brujería. He tenido que reescribir com¬pleta la redacción sobre Historia de la Magia para poder incluir algunas cosas que he averiguado. Espe¬ro que no resulte excesivamente larga: comprende dos pergaminos más de los que había pedido el pro¬fesor Binns.
Ron dice que irá a Londres la última semana de vacaciones. ¿Podrías ir tú también? ¿Te dejarán tus tíos? Espero que sí. Si no, nos veremos en el expreso de Hogwarts el 1 de septiembre.
Besos de
Hermione

Posdata: Ron me ha dicho que Percy ha recibido el Premio Anual. Me imagino que Percy estará en una nube. A Ron no parece que le haga mucha gracia.

Harry volvió a sonreír mientras dejaba a un lado la car¬ta de Hermione y cogía el regalo. Pesaba mucho. Conociendo a Hermione, estaba convencido de que sería un gran libro lleno de difíciles embrujos, pero no. El corazón le dio un vuel¬co cuando quitó el papel y vio un estuche de cuero negro con unas palabras estampadas en plata: EQUIPO DE MANTENI¬MIENTO DE ESCOBAS VOLADORAS.
—¡Ostras, Hermione! —murmuró Harry, abriendo el es¬tuche para echar un vistazo.
Contenía un tarro grande de abrillantador de palo de escoba marca Fleetwood, unas tijeras especiales de plata para recortar las ramitas, una pequeña brújula de latón para los viajes largos en escoba y un Manual de mantenimiento de la escoba voladora.
Después de sus amigos, lo que Harry más apreciaba de Hogwarts era el quidditch, el deporte que contaba con más se¬guidores en el mundo mágico. Era muy peligroso, muy emo¬cionante, y los jugadores iban montados en escoba. Harry era muy bueno jugando al quidditch. Era el jugador más jo¬ven de Hogwarts de los últimos cien años. Uno de sus trofeos más estimados era la escoba de carreras Nimbus 2.000.
Harry dejó a un lado el estuche y cogió el último paquete. Reconoció de inmediato los garabatos que había en el papel marrón: aquel paquete lo había enviado Hagrid, el guarda¬bosques de Hogwarts. Desprendió la capa superior de papel y vislumbró una cosa verde y como de piel, pero antes de que pudiera desenvolverlo del todo, el paquete tembló y lo que es¬taba dentro emitió un ruido fuerte, como de fauces que se cierran.
Harry se estremeció. Sabía que Hagrid no le enviaría nunca nada peligroso a propósito, pero es que las ideas de Hagrid sobre lo que podía resultar peligroso no eran muy normales: Hagrid tenía amistad con arañas gigantes; había comprado en las tabernas feroces perros de tres cabezas; y había escondido en su cabaña huevos de dragón (lo cual es¬taba prohibido).
Harry tocó el paquete con el dedo, con temor. Volvió a ha¬cer el mismo ruido de cerrar de fauces. Harry cogió la lámpa¬ra de la mesita de noche, la sujetó firmemente con una mano y la levantó por encima de su cabeza, preparado para atizar un golpe. Entonces cogió con la otra mano lo que quedaba del envoltorio y tiró de él.
Cayó un libro. Harry sólo tuvo tiempo de ver su elegante cubierta verde, con el título estampado en letras doradas, El monstruoso libro de los monstruos, antes de que el libro se levantara sobre el lomo y escapara por la cama como si fuera un extraño cangrejo.
—Oh... ah —susurró Harry.
Cayó de la cama produciendo un golpe seco y recorrió con rapidez la habitación, arrastrando las hojas. Harry lo persiguió procurando no hacer ruido. Se había escondido en el oscuro espacio que había debajo de su mesa. Rezando para que los Dursley estuvieran aún profundamente dormidos, Harry se puso a cuatro patas y se acercó a él.
—¡Ay!
El libro se cerró atrapándole la mano y huyó batiendo las hojas, apoyándose aún en las cubiertas. Harry gateó, se echó hacia delante y logró aplastarlo. Tío Vernon emitió un sonoro ronquido en el dormitorio contiguo.
Hedwig y Errol lo observaban con interés mientras Harry sujetaba el libro fuertemente entre sus brazos, se iba a toda prisa hacia los cajones del armario y sacaba un cintu¬rón para atarlo. El libro monstruoso tembló de ira, pero ya no podía abrirse ni cerrarse, así que Harry lo dejó sobre la cama y cogió la carta de Hagrid.

Querido Harry:
¡Feliz cumpleaños!
He pensado que esto te podría resultar útil para el próximo curso. De momento no te digo nada más. Te lo diré cuando nos veamos.
Espero que los muggles te estén tratando bien.
Con mis mejores deseos,
Hagrid

A Harry le dio mala espina que Hagrid pensara que po¬día serle útil un libro que mordía, pero dejó la tarjeta de Ha¬grid junto a las de Ron y Hermione, sonriendo con más ga¬nas que nunca. Ya sólo le quedaba la carta de Hogwarts.
Percatándose de que era más gruesa de lo normal, Harry rasgó el sobre, extrajo la primera página de pergamino y leyó:

Estimado señor Potter:
Le rogamos que no olvide que el próximo curso dará comienzo el 1 de septiembre. El expreso de Hog¬warts partirá a las once en punto de la mañana de la estación de King’s Cross, anden nueve y tres cuartos.
A los alumnos de tercer curso se les permite visi¬tar determinados fines de semana el pueblo de Hogs¬meade. Le rogamos que entregue a sus padres o tuto¬res el documento de autorización adjunto para que lo firmen.
También se adjunta la lista de libros del próximo curso.
Atentamente,
Profesora M. McGonagall
Subdirectora

Harry extrajo la autorización para visitar el pueblo de Hogsmeade, y la examinó, ya sin sonreír. Sería estupendo vi¬sitar Hogsmeade los fines de semana; sabía que era un pue¬blo enteramente dedicado a la magia y nunca había puesto en él los pies. Pero ¿cómo demonios iba a convencer a sus tíos de que le firmaran la autorización?
Miró el despertador. Eran las dos de la mañana.
Decidió pensar en ello al día siguiente, se metió en la cama y se estiró para tachar otro día en el calendario que se había hecho para ir descontando los días que le quedaban para regresar a Hogwarts. Se quitó las gafas y se acostó para contemplar las tres tarjetas de cumpleaños.
Aunque era un muchacho diferente en muchos aspectos, en aquel momento Harry Potter se sintió como cualquier otro:
contento, por primera vez en su vida, de que fuera su cumpleaños.

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capitulo 2 "El error de tía Marge"

Mensaje por DIOKSIA el Miér Ene 20, 2010 3:55 am

2

El error de tía Marge



Cuando Harry bajó a desayunar a la mañana siguiente, se encontró a los tres Dursley ya sentados a la mesa de la coci¬na. Veían la televisión en un aparato nuevo, un regalo que le habían hecho a Dudley al volver a casa después de terminar el curso, porque se había quejado a gritos del largo camino que tenía que recorrer desde el frigorífico a la tele de la sali¬ta. Dudley se había pasado la mayor parte del verano en la cocina, con los ojos de cerdito fijos en la pantalla y sus cinco papadas temblando mientras engullía sin parar.
Harry se sentó entre Dudley y tío Vernon, un hombre corpulento, robusto, que tenía el cuello corto y un enorme bigote. Lejos de desearle a Harry un feliz cumpleaños, ninguno de los Dursley dio muestra alguna de haberse percata¬do de que Harry acababa de entrar en la cocina, pero él es¬taba demasiado acostumbrado para ofenderse. Se sirvió una tostada y miró al presentador de televisión, que informaba sobre un recluso fugado.
«Tenemos que advertir a los telespectadores de que Black va armado y es muy peligroso. Se ha puesto a disposi¬ción del público un teléfono con línea directa para que cual¬quiera que lo vea pueda denunciarlo.»
—No hace falta que nos digan que no es un buen tipo —resopló tío Vernon echando un vistazo al fugitivo por enci¬ma del periódico—. ¡Fijaos qué pinta, vago asqueroso! ¡Fijaos qué pelo!
Lanzó una mirada de asco hacia donde estaba Harry, cuyo pelo desordenado había sido motivo de muchos enfados de tío Vernon. Sin embargo, comparado con el hombre de la televisión, cuya cara demacrada aparecía circundada por una revuelta cabellera que le llegaba hasta los codos, Harry parecía muy bien arreglado.
Volvió a aparecer el presentador.
«El ministro de Agricultura y Pesca anunciará hoy
—¡Un momento! —ladró tío Vernon, mirando furioso a] presentador—. ¡No nos has dicho de dónde se ha escapado ese enfermo! ¿Qué podemos hacer? ¡Ese lunático podría es¬tar acercándose ahora mismo por la calle!
Tía Petunia, que era huesuda y tenía cara de caballo, se dio la vuelta y escudriñó atentamente por la ventana de la cocina. Harry sabía que a tía Petunia le habría encantado llamar a aquel teléfono directo. Era la mujer más entrometi¬da del mundo, y pasaba la mayor parte del tiempo espiando a sus vecinos, que eran aburridísimos y muy respetuosos con las normas.
—¡Cuándo aprenderán —dijo tío Vernon, golpeando la mesa con su puño grande y amoratado— que la horca es la úni¬ca manera de tratar a esa gente!
—Muy cierto —dijo tía Petunia, que seguía espiando las judías verdes del vecino.
Tío Vernon apuró la taza de té, miró el reloj y añadió:
—Tengo que marcharme. El tren de Marge llega a las diez.
Harry, cuya cabeza seguía en la habitación con el equipo de mantenimiento de escobas voladoras, volvió de golpe a la realidad.
—¿Tía Marge? —barbotó—. No... no vendrá aquí, ¿ver¬dad?
Tía Marge era la hermana de tío Vernon. Aunque no era pariente consanguíneo de Harry (cuya madre era hermana de tía Petunia), desde siempre lo habían obligado a llamarla «tía». Tía Marge vivía en el campo, en una casa con un gran jardín donde criaba bulldogs. No iba con frecuencia a Privet Drive porque no soportaba estar lejos de sus queridos pe¬rros, pero sus visitas habían quedado vívidamente grabadas en la mente de Harry.
En la fiesta que celebró Dudley al cumplir cinco años, tía Marge golpeó a Harry en las espinillas con el bastón para impedir que ganara a Dudley en el juego de las esta¬tuas musicales. Unos años después, por Navidad, apareció con un robot automático para Dudley y una caja de galletas de perro para Harry. En su última visita, el año anterior a su ingreso en Hogwarts, Harry le había pisado una pata sin querer a su perro favorito. Ripper persiguió a Harry, obli¬gándole a salir al jardín y a subirse a un árbol, y tía Marge no había querido llamar al perro hasta pasada la mediano¬che. El recuerdo de aquel incidente todavía hacía llorar a Dudley de la risa.
—Marge pasará aquí una semana —gruñó tío Vernon—. Y ya que hablamos de esto —y señaló a Harry con un dedo amenazador—, quiero dejar claras algunas cosas antes de ir a recogerla.
Dudley sonrió y apartó la vista de la tele. Su entreteni¬miento favorito era contemplar a Harry cuando tío Vernon lo reprendía.
—Primero —gruñó tío Vernon—, usarás un lenguaje educado cuando te dirijas a tía Marge.
—De acuerdo —contestó Harry con resentimiento—, si ella lo usa también conmigo.
—Segundo —prosiguió el tío Vernon, como si no hubiera oído la puntualización de Harry—: como Marge no sabe nada de tu anormalidad, no quiero ninguna exhibición ex¬traña mientras esté aquí. Compórtate, ¿entendido?
—Me comportaré si ella se comporta —contestó Harry apretando los dientes.
—Y tercero —siguió tío Vernon, casi cerrando los ojos pequeños y mezquinos, en medio de su rostro colorado—: le hemos dicho a Marge que acudes al Centro de Seguridad San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables.
—¿Qué? —gritó Harry.
—Y eso es lo que dirás tú también, si no quieres tener problemas —soltó tío Vernon.
Harry permaneció sentado en su sitio, con la cara blan¬ca de ira, mirando a tío Vernon, casi incapaz de creer lo que oía. Que tía Marge se presentase para pasar toda una sema¬na era el peor regalo de cumpleaños que los Dursley le ha¬bían hecho nunca, incluido el par de calcetines viejos de tío Vernon.
—Bueno, Petunia —dijo tío Vernon, levantándose con dificultad—, me marcho a la estación. ¿Quieres venir; Dud¬ders?
—No —respondió Dudley, que había vuelto a fijarse en la tele en cuanto tío Vernon acabó de reprender a Harry
—Duddy tiene que ponerse elegante para recibir a su tía —dijo tía Petunia alisando el espeso pelo rubio de Dudley—. Mamá le ha comprado una preciosa pajarita nueva.
Tío Vernon dio a Dudley una palmadita en su hombro porcino.
—Vuelvo enseguida —dijo, y salió de la cocina. Harry, que había quedado en una especie de trance cau¬sado por el terror; tuvo de repente una idea. Dejó la tostada, se puso de pie rápidamente y siguió a tío Vernon hasta la puerta.
Tío Vernon se ponía la chaqueta que usaba para con¬ducir:
—No te voy a llevar —gruñó, volviéndose hacia Harry; que lo estaba mirando.
—Como si yo quisiera ir —repuso Harry—. Quiero pe¬dirte algo. —Tío Vernon lo miró con suspicacia—. A los de tercero, en Hog... en mi colegio, a veces los dejan ir al pueblo.
—¿Y qué? —le soltó tío Vernon, cogiendo las llaves de un gancho que había junto a la puerta.
—Necesito que me firmes la autorización —dijo Harry apresuradamente.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —preguntó tío Vernon con desdén.
—Bueno —repuso Harry, eligiendo cuidadosamente las palabras—, será difícil simular ante tía Marge que voy a ese Centro... ¿cómo se llamaba?
—¡Centro de Seguridad San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables! —bramó tío Vernon.
Y a Harry le encantó percibir una nota de terror en la voz de tío Vernon.
—Ajá —dijo Harry mirando a tío Vernon a la cara, tran¬quilo—. Es demasiado largo para recordarlo. Tendré que de¬cirlo de manera convincente, ¿no? ¿Qué pasaría si me equi¬vocara?
—Te lo haría recordar a golpes —rugió tío Vernon, aba¬lanzándose contra Harry con el puño en alto. Pero Harry no retrocedió.
—Eso no le hará olvidar a tía Marge lo que yo le haya di¬cho —dijo Harry en tono serio.
Tío Vernon se detuvo con el puño aún levantado y el ros¬tro desagradablemente amoratado.
—Pero si firmas la autorización, te juro que recordaré el colegio al que se supone que voy, y que actuaré como un mug... como una persona normal, y todo eso.
Harry vio que tío Vernon meditaba lo que le acababa de decir; aunque enseñaba los dientes, y le palpitaba la vena de la sien.
—De acuerdo —atajó de manera brusca—, te vigilaré muy atentamente durante la estancia de Marge. Si al final te has sabido comportar y no has desmentido la historia, fir¬maré esa cochina autorización.
Dio media vuelta, abrió la puerta de la casa y la cerró con un golpe tan fuerte que se cayó uno de los cristales de arriba.
Harry no volvió a la cocina. Regresó por las escaleras a su habitación. Si tenía que obrar como un auténtico muggle, mejor empezar en aquel momento. Muy despacio y con triste¬za, fue recogiendo todos los regalos y tarjetas de cumpleaños y los escondió debajo de la tabla suelta, junto con sus debe¬res. Se dirigió a la jaula de Hedwig. Parecía que Errol se ha¬bía recuperado. Hedwig y él estaban dormidos, con la cabe¬za bajo el ala. Suspiró. Los despertó con un golpecito.
—Hedwig —dijo un poco triste—, tendrás que desapa¬recer una semana. Vete con Errol. Ron cuidará de ti. Voy a escribirle una nota para darle una explicación. Y no me mi¬res así.
Hedwig lo miraba con sus grandes ojos ambarinos, con reproche.
—No es culpa mía. No hay otra manera de que me per¬mitan visitar Hogsmeade con Ron y Hermione.
Diez minutos más tarde, Errol y Hedwig (ésta con una nota para Ron atada a la pata) salieron por la ventana y vo¬laron hasta perderse de vista. Harry, muy triste, cogió la jau¬la y la escondió en el armario.
Pero no tuvo mucho tiempo para entristecerse. Ensegui¬da tía Petunia le empezó a gritar para que bajara y se prepa¬rase para recibir a la invitada.
—¡Péinate bien! —le dijo imperiosamente tía Petunia en cuanto llegó al vestíbulo.
Harry no entendía por qué tenía que aplastarse el pelo contra el cuero cabelludo. A tía Marge le encantaba criti¬carle, así que cuanto menos se arreglara, más contenta estaría ella.
Oyó crujir la gravilla bajo las ruedas del coche de tío Vernon. Luego, los golpes de las puertas del coche y pasos por el camino del jardín.
—¡Abre la puerta! —susurró tía Petunia a Harry
Harry abrió la puerta con un sentimiento de pesadumbre.
En el umbral de la puerta estaba tía Marge. Se parecía mucho a tío Vernon: era grande, robusta y tenía la cara co¬lorada. Incluso tenía bigote, aunque no tan poblado como el de tío Vernon. En una mano llevaba una maleta enorme; y de¬bajo de la otra se hallaba un perro viejo y con malas pulgas.
—¿Dónde está mi Dudders? —rugió tía Marge—. ¿Dón¬de está mi sobrinito querido?
Dudley se acercó andando como un pato, con el pelo ru¬bio totalmente pegado al gordo cráneo y una pajarita que apenas se veía debajo de las múltiples papadas. Tía Marge tiró la maleta contra el estómago de Harry (y le cortó la res¬piración), estrechó a Dudley fuertemente con un solo brazo, y le plantó en la mejilla un beso sonoro.
Harry sabía bien que Dudley soportaba los abrazos de tía Marge sólo porque le pagaba muy bien por ello, y con toda seguridad, al separarse después del abrazo, Dudley encon¬traría un billete de veinte libras en el interior de su manaza.
—¡Petunia! —gritó tía Marge pasando junto a Harry sin mirarlo, como si fuera un perchero.
Tía Marge y tía Petunia se dieron un beso, o más bien tía Marge golpeó con su prominente mandíbula el huesudo pó¬mulo de tía Petunia.
Entró tío Vernon sonriendo jovialmente mientras cerra¬ba la puerta.
—¿Un té, Marge? —preguntó—. ¿Y qué tomará Rip¬per?
—Ripper sorberá el té que se me derrame en el plato —dijo tía Marge mientras entraban todos en tropel en la co¬cina, dejando a Harry solo en el vestíbulo con la maleta. Pero Harry no lo lamentó; cualquier cosa era mejor que estar con tía Marge. Subió la maleta por las escaleras hasta la habita¬ción de invitados lo más despacio que pudo.
Cuando regresó a la cocina, a tía Marge le habían servi¬do té y pastel de frutas, y Ripper lamía té en un rincón, haciendo mucho ruido. Harry notó que tía Petunia se estreme¬cía al ver a Ripper manchando el suelo de té y babas. Tía Petunia odiaba a los animales.
—¿Has dejado a alguien al cuidado de los otros perros, Marge? —inquirió tío Vernon.
—El coronel Fubster los cuida —dijo tía Marge con voz de trueno—. Está jubilado. Le viene bien tener algo que ha¬cer. Pero no podría dejar al viejo y pobre Ripper. ¡Sufre tanto si no está conmigo...!
Ripper volvió a gruñir cuando se sentó Harry. Tía Marge se fijó en él por primera vez.
—Conque todavía estás por aquí, ¿eh? —bramó.
—Sí —respondió Harry
—No digas sí en ese tono maleducado —gruñó tía Marge—. Demasiado bien te tratan Vernon y Petunia teniéndote aquí con ellos. Yo en su lugar no lo hubiera hecho. Si te hu¬bieran abandonado a la puerta de mi casa te habría enviado directamente al orfanato.
Harry estuvo a punto de decir que hubiera preferido un orfanato a vivir con los Dursley, pero se contuvo al recordar la autorización para ir a Hogsmeade. Se le dibujó en la cara una triste sonrisa.
—¡No pongas esa cara! —rugió tía Marge—. Ya veo que no has mejorado desde la última vez que te vi. Esperaba que el colegio te hubiera enseñado modales. —Tomó un largo sorbo de té, se limpió el bigote y preguntó—: ¿Adónde me has dicho que lo enviáis, Vernon?
—Al colegio San Bruto —dijo con prontitud tío Vernon—. Es una institución de primera categoría para casos desesperados.
—Bien —dijo tía Marge—. ¿Utilizan la vara en San Bru¬to, chico? —dijo, orientando la boca hacia el otro lado de la mesa.
—Bueeenooo...
Tío Vernon asentía detrás de tía Marge.
—Sí —dijo Harry, y luego, pensando que era mejor hacer las cosas bien, añadió—: sin parar.
—Excelente —dijo tía Marge—. No comprendo esas ño¬ñerías de no pegar a los que se lo merecen. Una buena paliza es lo que haría falta en el noventa y nueve por ciento de los casos. ¿Te han sacudido con frecuencia?
—Ya lo creo —respondió Harry—, muchísimas veces.
Tía Marge arrugó el entrecejo.
—Sigue sin gustarme tu tono, muchacho. Si puedes ha¬blar tan tranquilamente de los azotes que te dan, es que no te sacuden bastante fuerte. Petunia, yo en tu lugar escribi¬ría. Explica con claridad que con este chico admites la utili¬zación de los métodos más enérgicos.
Tal vez a tío Vernon le preocupara que Harry pudiera ol¬vidar el trato que acababan de hacer; de cualquier forma, cambió abruptamente de tema:
—¿Has oído las noticias esta mañana, Marge? ¿Qué te parece lo de ese preso que ha escapado?


Con tía Marge en casa, Harry empezaba a echar de menos la vida en el número 4 de Privet Drive tal como era antes de su aparición. Tío Vernon y tía Petunia solían preferir que Harry se perdiera de vista, cosa que ponía a Harry la mar de contento. Tía Marge, por el contrario, quería tener a Harry continuamente vigilado, para poder lanzar sugerencias encaminadas a mejorar su comportamiento. A ella le encantaba comparar a Harry con Dudley, y le producía un placer especial entregarle a éste regalos caros mientras fulminaba a Harry con la mirada, como si quisiera que Harry se atreviera a preguntar por qué no le daba nada a él. No dejaba de lanzar indirectas sobre los defectos de Harry.
—No debes culparte por cómo ha salido el chico, Vernon —dijo el tercer día, a la hora de la comida—. Si está podrido por dentro, no hay nada que hacer.
Harry intentaba pensar en la comida, pero le temblaban las manos y el rostro le ardía de ira.
«Tengo que recordar la autorización, tengo que pensar en Hogsmeade, no debo decir nada, no debo levantarme.»
Tía Marge alargó el brazo para coger la copa de vino.
—Es una de las normas básicas de la crianza, se ve cla¬ramente en los perros: de tal palo, tal astilla.
En aquel momento estalló la copa de vino que tía Marge tenía en la mano. En todas direcciones salieron volando frag¬mentos de cristal, y tía Marge parpadeó y farfulló algo. De su cara grande y encarnada caían gotas de vino.
¡Marge! —chilló tía Petunia—. ¡Marge!, ¿te encuen¬tras bien?
—No te preocupes —gruñó tía Marge secándose la cara con la servilleta—. Debo de haber apretado la copa demasia¬do fuerte. Me pasó lo mismo el otro día, en casa del coronel Fubster. No tiene importancia, Petunia, es que cojo las cosas con demasiada fuerza...
Pero tanto tía Petunia como tío Vernon miraban a Harry suspicazmente, de forma que éste decidió quedarse sin to¬mar el pudín y levantarse de la mesa lo antes posible.
Se apoyó en la pared del vestíbulo, respirando hondo. Hacía mucho tiempo que no perdía el control de aquella ma¬nera, haciendo estallar algo. No podía permitirse que aque¬llo se repitiera. La autorización para ir a Hogsmeade no era lo único que estaba en juego... Si continuaba así, tendría pro¬blemas con el Ministerio de Magia.
Harry era todavía un brujo menor de edad y tenía prohi¬bido por la legislación del mundo mágico hacer magia fuera del colegio. Su expediente no estaba completamente limpio. El verano anterior le habían enviado una amonestación ofi¬cial en la que se decía claramente que si el Ministerio volvía a tener constancia de que se empleaba la magia en Privet Drive, expulsarían a Harry del colegio.
Oyó a los Dursley levantarse de la mesa y se apresuró a desaparecer escaleras arriba.


Harry soportó los tres días siguientes obligándose a pensar en el Manual de mantenimiento de la escoba voladora cada vez que tía Marge se metía con él. El truco funcionó bastante bien, aunque debía de darle aspecto de atontado y tía Marge había empezado a decir que era subnormal.
Por fin llegó la última noche que había de pasar tía Marge en la casa. Tía Petunia preparó una cena por todo lo alto y tío Vernon descorchó varias botellas de vino. Tomaron la sopa y el salmón sin hacer ninguna referencia a los defec¬tos de Harry; durante el pastel de merengue de limón, tío Vernon aburrió a todos con un largo discurso sobre Grun¬nings, la empresa de taladros para la que trabajaba; luego tía Petunia preparó café y tío Vernon sacó una botella de brandy.
—¿Puedo tentarte, Marge?
Tía Marge había bebido ya bastante vino. Su rostro grande estaba muy colorado.
—Sólo un poquito —dijo con una sonrisita—. Bueno, un poquito más... un poco mas... ya vale.
Dudley se comía su cuarta ración de pastel. Tía Petu¬nia sorbía el café con el dedo meñique estirado. Harry ha¬bría querido subir a su habitación, pero tropezó con los ojos pequeños e iracundos de tío Vernon y supo que debía que¬darse allí.
—¡Aaah! —dijo tía Marge lamiéndose los labios y dejando la copa vacía en la mesa—. Una comilona estupenda, Pe¬tunia. Por las noches me contento con cualquier frito. Con doce perros que cuidar... —Eructó a sus anchas y se dio una palmada en la voluminosa barriga—. Perdón. Pero me gusta ver a un buen mozo —prosiguió guiñándole el ojo a Dud¬ley—. Serás un hombre de buen tamaño, Dudders, como tu padre. Sí, tomaré una gota más de brandy, Vernon... En cuanto a éste...
Señaló a Harry con la cabeza. El muchacho sintió que se le encogía el estómago.
«El manual», pensó con rapidez.
—Éste no tiene buena planta, ha salido pequeñajo. Pasa también con los perros. El año pasado tuve que pedirle al co¬ronel Fubster que asfixiara a uno, porque era raquítico. Dé¬bil. De mala raza.
Harry intentó recordar la página 12 de su libro: «Encan¬tamiento para los que van al revés.»
—Como decía el otro día, todo se hereda. La mala sangre prevalece. No digo nada contra tu familia, Petunia. —Con su mano de pala dio una palmadita sobre la mano huesuda de tía Petunia—. Pero tu hermana era la oveja negra. Siempre hay alguna, hasta en las mejores familias. Y se escapó con un gandul. Aquí tenemos el resultado.
Harry miraba su plato, sintiendo un extraño zumbido en los oídos. «Sujétese la escoba por el palo.» No podía recor¬dar cómo seguía. La voz de tía Marge parecía perforar su ca¬beza como un taladro de tío Vernon.
—Ese Potter —dijo tía Marge en voz alta, cogiendo la botella de brandy y vertiendo más en su copa y en el man¬tel—, nunca me dijisteis a qué se dedicaba.
Tío Vernon y tía Petunia estaban completamente ten¬sos. Incluso Dudley había retirado los ojos del pastel y mira¬ba a sus padres boquiabierto.
—No... no trabajaba —dijo tío Vernon, mirando a Harry de reojo—. Estaba parado.
—¡Lo que me imaginaba! —comentó tía Marge echándo¬se un buen trago de brandy y limpiándose la barbilla con la manga—. Un inútil, un vago y un gorrón que...
—No era nada de eso —interrumpió Harry de repente. Todos se callaron. Harry temblaba de arriba abajo. Nun¬ca había estado tan enfadado.
—¡MÁS BRANDY! —gritó tío Vernon, que se había puesto pálido. Vació la botella en la copa de tía Marge—. Tú, chico —gruñó a Harry—, vete a la cama.
—No, Vernon —dijo entre hipidos tía Marge, levantando una mano. Fijó en los de Harry sus ojos pequeños y enrojeci¬dos—. Sigue, muchacho, sigue. Conque estás orgulloso de tus padres, ¿eh? Van y se matan en un accidente de coche... borrachos, me imagino...
—No murieron en ningún accidente de coche —repuso Harry, que sin darse cuenta se había levantado.
—¡Murieron en un accidente de coche, sucio embustero, y te dejaron para que fueras una carga para tus decentes y trabajadores tíos! —gritó tía Marge, inflándose de ira—. Eres un niño insolente, desagradecido y...
Pero tía Marge se cortó en seco. Por un momento fue como si le faltasen las palabras. Se hinchaba con una ira in¬descriptible... Pero la hinchazón no se detenía. Su gran cara encarnada comenzó a aumentar de tamaño. Se le agranda¬ron los pequeños ojos y la boca se le estiró tanto que no podía hablar. Al cabo de un instante, saltaron varios botones de su chaqueta de mezclilla y golpearon en las paredes... Se infla¬ba como un globo monstruoso. El estómago se expandió y re¬ventó la cintura de la falda de mezclilla. Los dedos se le pu¬sieron como morcillas...
—¡MARGE! —gritaron a la vez tío Vernon y tía Petunia, cuando el cuerpo de tía Marge comenzó a elevarse de la silla hacia el techo. Estaba completamente redonda, como un in¬menso globo con ojos de cerdito. Ascendía emitiendo leves ruidos como de estallidos. Ripper entró en la habitación la¬drando sin parar.
—¡NOOOOOOO!
Tío Vernon cogió a Marge por un pie y trató de bajarla, pero faltó poco para que se elevara también con ella. Un ins¬tante después, Ripper dio un salto y hundió los colmillos en la pierna de tío Vernon.
Harry salió corriendo del comedor, antes de que nadie lo pudiera detener; y se dirigió al armario que había deba¬jo de las escaleras. Por arte de magia, la puerta del arma¬rio se abrió de golpe cuando llegó ante ella. En unos segun¬dos arrastró el baúl hasta la puerta de la casa. Subió las escaleras rápidamente, se echó bajo la cama, levantó la tabla suelta y sacó la funda de almohada llena de libros y re¬galos de cumpleaños. Salió de debajo de la cama, cogió la jaula vacía de Hedwig, bajó las escaleras corriendo y llegó al baúl en el instante en que tío Vernon salía del comedor con la pernera del pantalón hecha jirones.
—¡VEN AQUÍ! —bramó—. ¡REGRESA Y ARREGLA LO QUE HAS HECHO!
Pero una rabia imprudente se había apoderado de Harry. Abrió el baúl de una patada, sacó la varita y apuntó con ella a tío Vernon.
—Tía Marge se lo merecía —dijo Harry jadeando—. Se merecía lo que le ha pasado. No te acerques.
Tentó a sus espaldas buscando el tirador de la puerta.
—Me voy —añadió—. Ya he tenido bastante.
Momentos después arrastraba el pesado baúl, con la jau¬la de Hedwig debajo del brazo, por la oscura y silenciosa calle.

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